Irán ha dado este sábado un nuevo giro de timón en el estrecho de Ormuz, la arteria por la que circula una parte decisiva del comercio mundial de crudo.
Tras la breve reapertura de ayer, Teherán ha reinstaurado restricciones severas al tránsito marítimo en respuesta al pulso con Washington, y tras denunciar incumplimientos del alto el fuego, en una decisión que vuelve a encender las alarmas en Oriente Próximo y en las principales plazas financieras del mundo.
La medida llega en un momento especialmente delicado, cuando el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel sigue lejos de una solución estable. La aparente distensión de las últimas horas ha quedado en entredicho con este nuevo movimiento, que devuelve al centro del tablero una de las rutas más sensibles del planeta y confirma que la calma en la región sigue siendo precaria.
El impacto económico no se ha hecho esperar. El mercado energético, que ya había reaccionado con fuertes caídas del petróleo tras la reapertura de Ormuz, observa ahora con preocupación la posibilidad de una nueva subida de precios si la restricción se prolonga o si se registran incidentes en la zona. Cada alteración en este punto estratégico multiplica la incertidumbre sobre el suministro y reaviva el miedo a un choque mayor en cadena.
En clave política, el mensaje de Teherán es inequívoco: Ormuz sigue siendo su principal palanca de presión en la disputa con Estados Unidos y sus aliados. La crisis, por tanto, no solo permanece abierta, sino que ha entrado en una fase de mayor fragilidad, en la que cualquier movimiento puede alterar de nuevo el equilibrio regional y el pulso de los mercados.





