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'Cómo un año en Estados Unidos influyó en mi futuro profesional'; el viaje que empezó como un intercambio y terminó cambiando una vida

Hay viajes que empiezan con una maleta y terminan cuando se vuelve a casa. Otros, sin embargo, no terminan nunca. Permanecen en las decisiones que se toman...

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Hay viajes que empiezan con una maleta y terminan cuando se vuelve a casa. Otros, sin embargo, no terminan nunca. Permanecen en las decisiones que se toman años después, en las personas que pasan a formar parte de la vida y en la forma de mirar el futuro. Eso es lo que ocurre con muchos estudiantes que viven un programa J1 en Estados Unidos: parten con la ilusión de mejorar un idioma y regresan con algo mucho más difícil de explicar. Más confianza, nuevas inquietudes, otra manera de entender el mundo y, en ocasiones, la certeza de haber descubierto un camino que hasta entonces ni siquiera imaginaban.

Rocío tenía 17 años, ni idea de qué quería estudiar y un billete solo de ida a un pueblo de Kansas del que nunca había oído hablar. Fue su año con el programa J1 en Estados Unidos. Hoy estudia International Business Management y Relaciones Internacionales, y hace prácticas en The Lemon Tree Education, la consultora que la acompañó entonces.

Entre esos dos momentos caben cientos de recuerdos. La sorpresa de descubrir que su destino era un pueblo de apenas 183 habitantes. El miedo inicial al imaginar una vida completamente distinta a la que esperaba. Una familia granjera que terminó convirtiéndose en una segunda familia. Un uniforme de cheerleader, clases que despertaron una vocación inesperada, amistades que siguen formando parte de su día a día y retos que la obligaron a descubrir una fortaleza que ni ella misma sabía que tenía.

Porque el verdadero valor de una experiencia internacional rara vez se limita a aprender inglés. También consiste en atreverse a salir de la zona de confort, convivir con otra cultura, equivocarse, adaptarse y descubrir capacidades que solo aparecen cuando todo alrededor resulta nuevo. Para Rocío, aquel intercambio no fue simplemente un curso escolar en otro país. Fue el comienzo de una historia que todavía continúa escribiéndose y que hoy la ha llevado a acompañar a otros jóvenes que están a punto de vivir la misma aventura que un día cambió la suya.

Esta es la historia de un viaje que empezó en un pequeño pueblo de Kansas, pero cuyo destino nunca fue un lugar. Fue un futuro que todavía estaba por descubrir.

Con la perspectiva que dan los años, Rocío recuerda aquella experiencia con la misma naturalidad con la que revive cada uno de sus momentos más importantes. Desde los nervios antes de subir al avión hasta la decisión de orientar su futuro profesional hacia la educación internacional, comparte cómo un programa J1 terminó convirtiéndose en mucho más que un intercambio académico.

Antes de hacer las maletas para el programa J1, ¿tenías ya una idea clara del camino que querías seguir?

Para nada, no tenía ni la más mínima idea, la verdad. Mi único objetivo era irme, aprender inglés, salir de mi zona de confort y ver qué pasaba. Ni se me pasaba por la cabeza que ese año fuera a acabar marcando mi carrera. Fue casi sin darme cuenta que se convirtió en la brújula que me ayudó a entender cómo me adaptaba al mundo y qué me apasionaba de verdad.

De tu zona de confort en España a un mundo completamente nuevo en Estados Unidos, ¿cuál fue el cambio más inesperado que descubriste en ti misma?

Darme cuenta de que tenía una capacidad de adaptación que ni yo sabía que tenía, esa fue la sorpresa. Antes de irme era de las que necesitaba tenerlo todo controlado, un plan para cada cosa. Y de repente me vi en medio de una cultura nueva, teniendo que comunicarme y salir adelante aunque no encontrara la palabra exacta. Ahí fue cuando entendí que me fascinaba meterme de lleno en cómo piensan y viven en otros sitios, que mi sitio, de alguna manera, eran los entornos internacionales.

Dentro del high school americano, ¿hubo alguna clase o algún momento concreto en el que empezaste a ver más claro hacia dónde quería ir tu futuro profesional?

Sí, hubo uno muy concreto: mi clase de American History. Estaba estudiando cómo Estados Unidos pasó de ser las Trece Colonias a convertirse en la potencia que es hoy, mientras yo vivía dentro de esa misma cultura, y aquello me enganchó de una forma que no esperaba. Con la industrialización, con figuras como J.P. Morgan, empecé a obsesionarme con entender cómo funcionan los países, las empresas, los mercados. De ahí salió, casi sin planearlo, la idea de estudiar International Business Management y Relaciones Internacionales.

Hablemos de tu destino. Esperabas rascacielos y te tocó... la América profunda. ¿Cómo pasaste del pánico al amor absoluto por Kansas?

Fue progresivo, no me enamoré de Kansas el primer día ni el primer mes. Al principio solo sentía miedo: yo me imaginaba una ciudad grande, un instituto enorme, y me tocó un pueblo diminuto con una familia granjera. Pero según iba pasando el tiempo, empecé a ver que estaba viviendo algo mucho más auténtico que si me hubiera tocado Nueva York. Me fui integrando en el pueblo como una más, no como turista, y en algún momento, sin darme cuenta, esa familia granjera pasó de darme miedo a ser mi segunda familia. Hoy mis hermanas americanas y mis amigos de allí son intocables para mí, y no cambiaría Kansas por ningún otro lugar del mundo.

No todo fueron buenos momentos. ¿Cómo llevabas los días difíciles, cuando echabas de menos tu casa o te costaba adaptarte?

Sobre todo dejando de exigirme estar bien todo el rato. Al principio pensaba que, como estaba viviendo algo increíble, tenía que estar feliz cada día, y en cuanto tenía uno malo sentía que estaba fallando. Lo que me ayudó fue aceptar que un mal día no significa que la experiencia esté saliendo mal: hubo días de echar de menos mi casa, de cansancio, de no pillar bien una rutina o una forma de comunicarme. Aprendí a pedir ayuda cuando la necesitaba y a no querer solucionarlo todo en el momento, y con eso, poco a poco, se me quedó una forma de afrontar la incertidumbre que todavía conservo.

¿Sientes que allí descubriste una versión de ti misma distinta a la que tenías en España?

Yo diría que sí, aunque suene un poco exagerado dicho así. Construí una vida entera desde cero en otro país, con una cultura distinta y cosas que al principio me daban muchísimo respeto. Aquí en España no solemos poder elegir tanto, y allí me lancé a probar cosas sin pensarlo demasiado: me metí en cheerleading, en baile, y de verdad sentí que era parte del equipo, no una espectadora. Salí de ahí bastante más abierta y extrovertida de lo que entré, con menos vergüenza a tirarme a la piscina.

Han pasado varios años desde entonces y sigues formándote en lo que decidiste estudiar después. ¿Cómo conectaste ese año en el extranjero con esa decisión?

Fue una conexión más directa de lo que esperaba, la verdad. No pasé años dándole vueltas a qué estudiar: volví con el inglés metido en la cabeza, con clases como American History todavía rondándome, y con la sensación clara de que quería seguir conectada a algo internacional. Elegí International Business Management y Relaciones Internacionales casi como una consecuencia directa, porque eran las dos carreras que juntaban todo lo que había vivido allí: idiomas, cultura, economía, relación entre países. Lo que sí tardó más en asentarse fue la seguridad que me dejó esa experiencia, esa sensación de que si había sido capaz de construir una vida en otro país, podía tomar decisiones grandes sin tanto miedo. Y eso sigue ahí, en cómo trabajo y en cómo miro las cosas hoy.

Y ahora, desde The Lemon Tree Education, eres tú quien ayuda a dar ese salto. ¿Qué les dices a los estudiantes y padres que experimentan esa incertidumbre?

Les digo lo que a mí me habría gustado escuchar: que el miedo es normal, y que no significa que algo vaya a salir mal. Yo estuve exactamente en esa situación, con los nervios antes de subir al avión, con miedo al destino, a la host family, al idioma, a no hacer amigos. Ahora, desde el otro lado, entiendo también el vértigo de los padres: lo que es confiar en que tu hijo va a estar acompañado y bien cuidado tan lejos de casa. Y lo que les repito siempre es que ese miedo es el peaje de una experiencia que de verdad te cambia la vida.

Lo que permanece cuando el viaje termina

Al mirar atrás, Rocío no recuerda únicamente un año en Estados Unidos. Recuerda el momento en el que empezó a confiar más en sí misma, a convivir con la incertidumbre y a descubrir un futuro que hasta entonces no imaginaba. Hoy, desde The Lemon Tree Education, acompaña a otros jóvenes y a sus familias en ese mismo camino, convencida de que cada experiencia es diferente, pero de que todas tienen el potencial de dejar una huella para toda la vida.

Su historia recuerda que un intercambio va mucho más allá de aprender un idioma: es una oportunidad para descubrir talentos, ganar independencia, abrir la mente y encontrar un camino propio. Para muchos jóvenes puede ser el primer gran salto hacia la vida adulta; para las familias, la tranquilidad de saber que ese crecimiento puede vivirse con el acompañamiento y la confianza necesarios. Porque algunos viajes terminan cuando el avión aterriza de vuelta en casa. Otros siguen presentes durante años, influyendo en las decisiones más importantes y demostrando que, a veces, un simple billete de ida puede cambiar una vida.

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